Mercados Campesinos: una manera de hacer ciudad

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Producción ecológica ¿de quién y para quién?

Cada vez más son las personas que se decantan por una elección a conciencia de los productos de los que se alimentan, donde el precio ya no es el único factor de selección. En un estudio realizado para el Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino en el 2011, se concluyó que la opción de elegir alimentos ecológicos certificados presentaba mayor incidencia en las grandes urbes, y describía un perfil de consumidor definido por individuos con hijos de más de 12 años, comprometidos con la sostenibilidad y sobre todo preocupados por la salud. Además se ponía en evidencia la tendencia hacia el adquirir productos producidos localmente, y mostraba el incremento paulatino del número de personas que elegía consumir alimentos certificados como ecológicos.

Por otro lado, se pone en evidencia el incremento año a año de la superficie productiva dedicada a productos ecológicos (con o sin certificación) en España, siendo en este caso el perfil de productores/as más variado que en el caso de los/as consumidores/as: encontramos desde pequeños/as productores/as interesados/as en la venta directa al consumo, respaldados/as por unos valores ideológicos que les comprometen con la manera de producir y comercializar localmente, y en el otro extremo encontramos el agronegocio, interesado principalmente en la producción certificada ecológica como nicho de mercado en auge, con una clientela exclusiva y principalmente con objetivo exportador.

Aunque las tendencias que se catalogan como de consumo consciente van incrementándose, los efectos a nivel medioambiental y a nivel social que tienen los sistemas agroalimentarios tal y como están ordenados actualmente, conllevan una serie de efectos nocivos muy vinculados, al cambio climático y a la sobreexplotación de los/as agricultores/as que producen los alimentos. La tendencia a entender los productos agrarios como una mercancía y no como alimentos, prima la exportación por encima del abastecimiento interno, siendo necesarias grandes cantidades de combustible (principalmente fósil) para mantener estas rutas kilométricas que recorren las mercancías. Asimismo, el petróleo es la base de la mayoría de los productos usados en la producción agraria, lo que en suma resulta en que entre producción y transporte, las necesidades de petróleo hacen de las cadenas agroalimentarias actividades tremendamente contaminantes. Analizando la población que se dedica al sector agroalimentario, se observa como en su gran mayoría se encuentran en condiciones precarias, siendo o bien dependientes de subsidios agrarios para que su actividad económica les permita subsistir, o simplemente sus derechos se ven violados en favor de la rentabilidad económica de los grandes entramados agroalimentarios.

Revisar las estructuras de producción y comercialización

Es por tanto necesaria una revisión de la estructura a través de la cual los alimentos llegan a consumirse, y asimismo el pensar nuevas formas de hacer estos sistemas agroalimentarios menos contaminantes y más justos con todos los eslabones de las cadenas que forman dichos sistemas. En este sentido es interesante la orientación transformadora de estos pequeños productores/as y de algunos consumidores activistas, que plantean un estratégico viraje hacia una ordenación de las cadenas agroalimentarias menos contaminante y agresiva con los/as agricultores, donde se incremente la mano de obra necesaria, se reduzcan los recorridos de los alimentos, y que establezca una manera de producir y comercializar alimentos más acorde con el medio ambiente.

El problema al plantear este cambio de tendencia formulada por los/as consumidores/as más concienciados en una producción justa y sostenible, y por los pequeños productores/as que plantean formas alternativas basadas en modelos de producción agroecológica, es la dificultad en frenar el funcionamiento de los sistemas agroalimentarios globalizados bajo los que nos encontramos inmersos, en donde unos pocos agentes multinacionales son capaces de definir qué, cuándo y cómo se comen los alimentos, empujando por un lado a la etapa productiva a la semiesclavitud humana, a la hiperexplotación del medio ambiente, y a los consumidores hacia dietas cada vez más pobres nutritivamente hablando. Sin embargo, los apoyos mutuos entre multitud de lugares en el mundo en la idea de transformar este funcionamiento, genera una fuerza imparable que desde los movimientos sociales de base agroecológica empujan hacia realizar cambios estructurales en este sentido.

La opción de los mercados campesinos

Desde Madrid Agroecológico se intenta enfocar esta fuerza hacia acciones que empujen un cambio de modelo agroalimentario en beneficio de la sociedad en su conjunto y el ecosistema en el que se desarrolla, formulando acciones concretas de manera participativa, que permitan fortalecer iniciativas de producción agroecológica. Las iniciativas de producción agroecológica que se asocian con grupos de consumidores en las cooperativas de consumo, tienen un alcance limitado a consumidores con un grado de implicación suficientemente alto como para gestionar pedidos, repartir la llegada de los productos, etc. pero sin embargo, la existencia de una gran cantidad de personas cada vez más interesada por alimentarse de una manera más limpia y responsable, podría encontrar su espacio de abastecimiento en lo que se conocen como “mercados campesinos”. En ellos, las iniciativas de producción de base agroecológica comercializan directamente a través del contacto directo con los consumidores, al estilo de los mercadillos ambulantes.

Con esta mirada, desde Madrid Agroecológico se está trabajando en generar una serie de espacios que permitan a los/as productores/as locales cuyos manejos eviten el uso de productos de síntesis química, dignificar su trabajo a través de la venta directa de estos alimentos, obteniendo lo justo por su trabajo sin incrementar los precios excesivamente como viene sucediendo con los productos con certificación ecológica que se comercializan a través de los canales convencionales de comercialización. Cabe decir que los precios de estos productos son así porque incluyen los costes ambientales y sociales que la agricultura industrial no incluye; por ejemplo, la necesidad de descontaminar los suelos o las altas tasas de contaminación química producidas por los alimentos a nivel epidemológico no se contemplan a la hora de establecer los precios de la agricultura convencional.

Estos “mercados campesinos” implican una serie de resultados beneficiosos más allá de permitir el propio impulso de que supone abrir el espacio a comercializar los alimentos obtenidos por las iniciativas de producción agroecológica. Generando estos espacios se relocalizan los sistemas agroalimentarios, permitiendo primar el abastecimiento alimentario antes que la exportación de los productos. Esto reduciría significativamente la necesidad de transporte, refrigeración y transformación de los productos alimentarios, ya que el tiempo y el espacio entre la cosecha y el consumo al relocalizar la cadena, disminuyen.

Además, si bien los precios son algo superiores a los productos adquiridos en la comercialización convencional, garantizan una retribución digna a los/as productores/as, evitando que sean los intermediarios los que acaparen el mayor beneficio como viene ocurriendo habitualmente cuando adquirimos  alimentos de agricultura convencional, y no representan una diferencia significativa en los bolsillos de quien consume. El hecho de dignificar la producción agroalimentaria se debería concebir como una política estratégica que frenaría el abandono del medio rural, fortaleciendo de este modo la incorporación de jóvenes al campo por presentar este sector, un medio de vida que a día de hoy se concibe como “indigno” pero que en la realidad es esencial para la vida.

Una nueva cultura que estrecha vínculos entre campo ciudad

Por otro lado, los mercados campesinos ponen en valor la comida como acto cultural, comúnmente asociado a la dieta mediterránea, y que a través de la globalización se va perdiendo a pasos agigantados. El hecho de entender el mercado campesino como un momento de interacción social se ve cuando el productor de verduras te dice con qué mimo y cariño cuida a los tomates y las berenjenas que te vas a llevar, a lo que es comúnmente habitual encontrar que más gente se sume a la conversación donde surgen recetas, recuerdos y amistades entorno al puesto. Otro factor a tener en cuenta por la reducción de eslabones que debe atravesar el alimento hasta que se consume, es la reducción significativa de los riesgos de perdida de la trazabilidad en cuanto a controles alimentarios se refiere.

Por poner un ejemplo, es algo habitual encontrar en la miel la etiqueta de procedente de países UE y no UE, lo que significa que hay parte de la miel que ha sido producida en países más allá de las fronteras europeas, que ha sido mezclado con miel producida en uno o varios países europeos, y que tras entrar en un conteiner por el puerto de Valencia (por poner un ejemplo), ha sido posteriormente desagregado en pequeños lotes distribuidos por todo el territorio español. Si esta miel mezclada resulta dar positivo en antibiótico (el cloranfenicol es habitualmente encontrado en la miel), la dificultad de los sistemas de alerta alimentaria, de seguir la trazabilidad de un lote analizado en un establecimiento alimentario cualquiera hasta encontrar el producto que entró por el puerto de Valencia, implica una labor tediosa y complicada para los organismos que velan por la salubridad de los alimentos desde el Ministerio de Sanidad, por necesitarse un sistema fiable de trazabilidad que abarque miles de kilómetros. Si incrementamos la escala y hacemos referencia a un producto distribuido en la Unión Europea, los costes en tiempo y dinero que precisa el mantenimiento de esta estructura son desorbitados. Todo este gasto asociado a conseguir un sistema de trazabilidad que permita detectar el fraude y los orígenes de intoxicaciones alimentarias, se vería considerablemente reducido al realizar una relocalización agroalimentaria, ya que los lotes abarcarían menores distancias, sería más fácil detectar los lotes desagregados, y en caso de que se trate de intoxicaciones alimentarias, los ciudadanos afectados serían mucho menores y más localizados, por lo que la probabilidad de epidemias se reduciría considerablemente.

Una red de mercados campesinos que recuperen los espacios de abasto de alimentos en Madrid, permitirían a la gente no solo adquirir productos locales y libres de pesticidas químicos, sino conocer que se produce en su entorno, conocer al o la agricultor/a que lo produce, y aprender que la comida no es una mera acción mecánica de ingesta de nutrientes, es un acto cultural mediterráneo que puede suponer salud y justicia social, además de una manera de retomar el derecho a la ciudad.

Aunque esté por definir, como Plataforma nos parece interesante esta propuesta de crear una red de mercados campesinos en la ciudad por la cantidad de beneficios que podría conllevar: desde la visibilización de estas maneras alternativas de producir y consumir, hasta por crear espacios donde el vínculo que genere la comida de vida a los espacios comunitarios que progresivamente han ido desapareciendo en la ciudad. Las aproximaciones a que el derecho a la ciudad se convierta en una realidad, pasa por transformar la manera en que se generen políticas públicas desde y con la gente.

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